Con motivo de conmemorar el Centenario del Colegio Nacional “Rector Alvarez Rodriguez” de la ciudad de Junín (Provincia de Buenos Aires) Argentina, el 2 de julio venidero, las autoridades educativas y la Comisión del Centenario organizaron un concurso literario con el fin de celebrar dicho acontecimiento.

Las categorías fueron las siguientes:
a) Primer nivel (alumnos del nivel secundario) de 12 a 17 años.
b) Segundo nivel (personas de más de dieciocho años).
2. El tema debe ser referido al Colegio Nacional y sus cien años de vida.
3. Las obras deberán responder al género Narrativo o Lírico.

El pasado 21 de junio fueron dados a conocer los fallos de los jurados, resultado ganadores las siguientes personas:

Narrativa: 1º Premio “Casi siete generaciones de tiradores de piedras a la luna”
Seudónimo “VASCORATE”, Sr. Juan José Azpelicueta

El 2º Premio: “Hormona y Alfajor”, bajo el Seudónimo “MARCOPOLO” es de la periodista coloniense, que reside en Nueva Helvecia, Anailen Nassif Gopar, quien es exalumna del centro educativo de la Promoción 1991.

Anailén vivó en Argentina entre los años 1984 y 1997.

3º Premio “ Almafuerte 300”
Seudónimo “LA VASCA”, Sra. Elida Claudia Montani de Storfer

Lírica: 1º Premio: “ El gran Colegio Nacional”
Seudónimo “RICHARD”, Sr. Sebastián Pajoni

El jurado estuvo integrado por las Profesoras María Lidia Karlen, María del Carmen Peroni y Natalia Duhagon.

Vale recordar en el año 2007, con motivo del 90 aniversario de la Institución, Anailén también ganó en el Concurso Literario organizado en la oportunidad, pero en ese caso fue el Primer Premio en Poesía, con la obra “Diásporas”.

Aqui la Obra:

 

“Hormona y alfajor”

Llegué con la mochila cargada.

Dos duelos, mucha ausencia, toneladas de distancia y una cargazón de recuerdos. Creo que nadie se dio cuenta. Estaba tan ocupada tratando de entender dónde estaba, para qué y por qué, que las caras nuevas se me desfiguraban, se tornaban grandes e increpantes.

Los brazos me dolían y las noches no alcanzaban para descansarlos. Cada mañana despertaba a una realidad distinta, a nuevas voces y miradas, a calles adoquinadas de paraísos enormes, a olores a campo mezclado con chimeneas.

Llegué al Colegio para construirme de nuevo.

“Es acá” me dijeron y desde mis pies hasta la cabeza me atropelló una escalera marmolada. Me temblaron las rodillas. Instantes redondos: llegar porque hay que estar pero con ganas de irse. “¿Qué hago acá?” pensé, pero la responsabilidad pudo más y comencé el camino en el primer escalón.

Atravesé el portal como quien pisa mermelada. Estaba tan indefensa. En instantes todo se convirtió en ruidos, voces, risas, pasos ágiles y guardapolvos largos. Me recibió un largo y acho pasillo. Varias mujeres entraban y salían de una habitación con carpetas, libros y cuadernos hasta que un timbre puso orden al frenesí general. Los ojos no me daban órbita buscando dónde ponerme pero,  por alguna cuestión casi coreográfica, todos comenzaron a formar filas frente a las puertas que se alineaban en el pasillo. Con alivio descubrí cartelitos en cada entrada y al fin descubrí mi lugar.

Lo que vino después se llama protocolo. Rituales que se repetían cada mañana con un orden adormilado y que se desbordaban al mediodía con un bullicio hambriento.

Los años que siguieron tuvieron tanta magia como nunca antes ni nunca jamás supe vivir. Íbamos a aprender pero en realidad íbamos a vivir.

Fue un camino tan intenso como breve: porque la distancia me refregó por la cara que nada vale tanto ser vivido como aquello que no podemos medir en el tiempo.

Todo estuvo y todo se vivió. Las más profundas tormentas de la adolescencia, el amigo nuevo, el amor terco, la ternura auténtica y el dolor profundo de las primeras broncas. El olvido de la materia y alguna hora libre, la tertulia espontánea pero que en realidad escondía la trampa inocente de distraer al profesor. Conocí grandes hombres y mujeres que con calma pero con firmeza nos ayudaron a ser mejores. Las voces de tantos se escucharon retumbar entre las madreas de los pisos, entre las paredes, a través de los pizarrones y  con la imagen de algún que otro papelito que se incrustó en el agujero del tintero.

Cuando volvíamos a casa teníamos olor a libro y papel, a hormona y alfajor. Con el tiempo descubrí que ya no era yo: ahora hablábamos de “Nosotros” y ya no era estudiar, era una forma de ser.

Y entonces, como pasa cuando se acoplan las voluntades, le lavamos la cara al Colegio. Le pusimos ropa nueva y lo sacamos a pasear. Lo mostramos a la ciudad como el novio bello que es galante y educado, dimos el ejemplo y hablamos de él en todas partes: en el almacén, en la tienda, en las reuniones de adultos, con nuestros amigos. “Nosotros” nos habíamos enamorado. Y fuimos tan felices que, ese amor, tan noble, tan manso pero tan intenso, se fue acomodando en esos rinconcitos cálidos y extraños que fabrica el alma con el correr de los años.

Un día la vida nos desperdigó por los caminos de la historia. Bajamos las escaleras con el alma libre y el corazón agitado. Y nos despedimos felices pero tan emocionados que nada fue igual que antes. Salimos con hambre un mediodía de diciembre a encontrarnos con el resto de nuestras vidas. Salimos a ser adultos sin arrugas y sin canas.

Me fui con la mochila cargada… pero estaba llena de “Nosotros”.

Un “Nosotros” que grita: “Colegio Nacional.”

Marcopolo

 

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